Psicología

No es no, ¿o quizá sí?

– ¡Quiero una chuche!

– No es hora de comer chuches porque en un ratito cenamos.

– ¡Que quiero una chuche!

– Te he dicho que no.

– Que quiero, quiero, quiero, quiero (Gritando y golpeando)

 

A partir de este momento pueden suceder dos cosas:

La primera de ellas:

– Te he dicho que no y se acabó. Cálmate.

– La quiero… (Continuando con gritos y llanto)

Mientras los padres le ignoran y no le dan la chuche. Una vez calmado se puede hablar con el niño o la niña.

O bien nos encontramos con esta otra situación:

– ¡Ufff!, ¡Toma la chuche!, una solo, pero déjame terminar la cena.

– ¡Vale!

 

Como podemos ver, tenemos la misma situación y dos desencadenantes, que llevan a aprendizajes muy diferentes por parte de los niños.

 

Como padres podemos haber vivido situaciones similares a la anteriormente mostrada con diferentes intereses (un juguete, comida, ir al parque, sacar la bicicleta, etc), pero igualmente las reacciones pueden haber variado entre mantenerse firme en la postura inicial, a ceder y dejar que el niño consiga su objetivo.

 

Muchos estaréis pensando: “es que no sabes lo insistente que se pone”, “consigue sacarme de mis casillas”, “agota mi paciencia y mira que tengo”… Respuestas como estas y muchas otras, me he encontrado en sesiones tanto con familias, como en las escuelas de padres. Y mi respuesta sigue siendo la misma: “Juegan a cansaros, porque saben que su insistencia termina con su victoria y premio. Debéis aguantar en vuestra postura, dar el motivo si están aún calmados y si no es así, posteriormente hablar y reflexionar sobre la decisión tomada.”

 

Sin embargo, mantenerse en una postura del NO con un hijo resulta complicado en muchos aspectos, pero lo importante es que como adulto se sea capaz de mantener la forma y sigamos con la decisión tomada, porque ir cambiando y cediendo según los momentos, hace que nos encontremos con situaciones cada vez más difíciles y desafiantes.

 

¿Qué sucede al pasar de un NO a un SÍ en una misma situación?

  • Victoria del niño. Al final consigue lo que quiere, el juguete, una chuche, ir al parque, etc. Su premio está ahí y lo ha conseguido de la peor manera, “luchando” con el padre o la madre y mostrando una postura de poder sobre ellos.
  • Aprender que si se insiste tiene el objetivo. Insistir de muchas maneras, gritando, levantando la mano, llorando, agarrando el pantalón, etc. Esto consigue desesperar y agotar la paciencia de un adulto, pero si al final decimos “Vale, aquí lo tienes”, el aprende que insistiendo de la manera más desagradable y pesada consigue lo que quiere. Lo peor de esto es que las próximas veces la insistencia será cada vez mayor y más desafiante para conseguir su meta.
  • Pérdida de autoridad del adulto. Como padres debemos mantener la figura de autoridad con nuestros hijos, que no quiere decir que seamos unos dictadores ni autoritarios sin permitir dar su opinión ni llegar a acuerdos con ellos. En cuanto dejamos de lado nuestra postura y cedemos a su chantaje emocional o conductas, hemos perdido esa posición y nos será más complicado ganarla para futuras decisiones.
  • Falta de respeto. Pedir insistentemente algo, a lo que se ha ofrecido un «no» por respuesta, empleando conductas como gritos, desprecios, patadas, portazos, así como chantajes emocionales, son claras faltas de respeto a una persona y a una decisión.
  • Saltarse los límites. Pasar de un extremo a otro, es saltarse el límite o normas planteadas, que van perdiendo su valor porque no se respetan, ya que varían según las situaciones.

¿Por qué hay que mantenerse en la decisión tomada?

  • Es lo adecuado en ese momento para el menor. Si hemos dado una respuesta negativa a una solicitud, consideramos que es lo mejor en ese momento. Por ello, hay que hablar con los niños y mostrarles las posturas y explicaciones, no basta con un “no porque lo digo yo”. En ocasiones, quieren saber más, si lo explicamos es más fácil que en otros momentos no lo pidan porque ya saben el motivo.
  • Establecimiento de límites. Si planteamos una serie de límites y normas, debemos respetarlos como adultos, no podemos saltarlos cada vez que nos plazca. Si como adultos lo hacemos, los menores nos copian. Recordemos que somos modelos de los hijos. Así que, si hay una norma o límite establecido, respetémoslo.
  • Asimilar consecuencias. Los niños deben entender que en la vida hay consecuencias positivas y negativas según las conductas y decisiones tomadas. Por ello, ante una decisión deben saber que consecuencia obtendrán.
  • Tolerancia a la frustración. En la vida no siempre se tiene lo que se quiere y en el momento inmediato y deseado. La tolerancia a la frustración cada vez es menor en los niños, en muchas ocasiones, tienen lo que quieren sin esfuerzo y con una petición verbal lo reciben. Así, ante una negativa sus reacciones son desproporcionadas, porque les cuesta asimilar esa frustración a no conseguir lo que quieren.
  • Aprender a esperar. Muy relacionado con lo anterior. Vivimos en el mundo de la inmediatez, del «lo quiero ahora» y no sabemos esperar. A los niños les sucede igual, quieren ver unos dibujos concretos lo ven a través de internet, no hay que esperar a una programación, quiero una chuche, pasamos por una tienda y lo compramos, así muchas situaciones. Hay que enseñarles a esperar, a que no se tiene todo en el aquí y el ahora. Si trabajamos esto, avanzaremos mucho camino favorable para su desarrollo.

Por lo tanto, los padres debemos ser conscientes cuando damos un NO por respuesta de que debemos ser firmes con la decisión, de no cambiar, ni ceder ante los chantajes emocionales, los gritos, llantos, etc. Explicar los motivos de esto, establecer acuerdos conjuntos y límites sobre aquellas situaciones en las que pueden desencadenarse este tipo de situaciones, será determinante para que los menores controlen esos momentos y no se llegue a los extremos.

 

Recordar que una decisión en un momento dado, determinará gran parte de los conflictos que pueden generarse en el entorno familiar.

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